Había manejado crisis que habrían hecho colapsar gobiernos, pero nada me había preparado para el caos de mi propia boda. Estaba en la habitación principal de la mansión, frente al espejo, tratando de ignorar que mis manos estaban ligeramente tensas.La puerta se abrió y dos figuras entraron, cambiando el aire de la habitación.—Dom, tienes la corbata chueca. Otra vez.Era **Nico**. Tenía siete años y vestía un esmoquin idéntico al mío, hecho a medida. Se acercó con una seriedad que a veces me asustaba; era inteligente, observador y no compartía ni una gota de mi sangre, pero era más Blackwood que muchos que llevaban el apellido. A su lado, **Isabella**, de apenas un año, caminaba con pasos tambaleantes, luciendo como una nube de tul blanco.—Gracias, Nico —dije, inclinándome para que el niño ajustara el nudo con sus dedos pequeños pero precisos.—Mamá está nerviosa —me confesó Nico en un susurro, mientras Isabella se sentaba en la alfombra para intentar comerse un pétalo de rosa—. Dic
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