Luciano siempre había sido hábil para ocultar su lado oscuro. Lucía su encanto como un traje a medida que le quedaba perfecto, elegante sin esfuerzo y diseñado para distraer la atención del depredador que acechaba en su interior. La mayoría de la gente veía a un sofisticado heredero de los Romano, un hombre de sonrisa pícara y modales impecables. Pero Dante sabía que no era así, y ahora, Serafina también.La mañana tras el enfrentamiento en la biblioteca, la tensión se cernía sobre la mansión de los Romano como una tormenta que se avecinaba. Durante el desayuno, toda la familia se sentó alrededor de la larga mesa de caoba, con la vajilla de plata brillando bajo la luz de la lámpara de araña. Alejandro y Delilah seguían disfrutando del resplandor de la felicidad de recién casados, mientras que Esteban parecía inusualmente contento.Beatriz, sin embargo, parecía como si se hubiera tragado veneno. Serafina casi sonrió ante aquello, porque sabía que Beatriz estaba a punto de perder su pos
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