Capítulo 66 Malos tratosLeónidas avanzó con paso firme. Ariana estaba riendo; no era una risa nerviosa ni forzada, era un sonido limpio, lleno de una confianza que él no le conocía. Ese destello de genuina alegría, provocado por otro hombre, fue como un golpe directo a su orgullo.—Ariana, los niños tienen hambre —interrumpió Leónidas. Su voz fue un latigazo de autoridad que cortó el aire.Ariana se sobresaltó ligeramente y se giró. Sus ojos, aún brillantes por la risa, se toparon con la expresión helada de Leónidas. En menos de un minuto, su rostro sustituyó la expresión de felicidad anterior por una de inquietud.El médico, lejos de retroceder ante la presencia imponente de Leónidas, mantuvo su posición. Era un hombre alto, casi de la misma estatura que Leónidas, muy rubio, de hombros relajados y una mirada serena, que en apariencia no se dejó intimidar por el traje caro ni la mandíbula tensa del recién llegado.—Lo siento —dijo Ariana, ajustándose los lentes con su habitual gesto n
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