102. Un final para recordar
Karla DuarteSalimos de la iglesia rodeados de aplausos y felicitaciones, pero mi atención estaba solo en él, en el hombre que ahora era oficialmente mi esposo. Ciro mantenía su mano firme en mi cintura, guiándome con esa seguridad que siempre me transmitía. Podía sentir cómo me protegía de cada empujón, de cada paso en falso entre la multitud. No dejaba que nada ni nadie me tocara, como si supiera que todavía debía cuidarme más que nunca. Su calidez a mi lado era mi refugio.Sonreí al verlo tan atento, tan pendiente de cada movimiento mío. Me sentía feliz, completa… jamás imaginé que el amor pudiera sentirse así: un constante abrazo incluso sin tener sus brazos alrededor.De pronto, Ciro me tomó de la mano y me apartó con suavidad del bullicio. Su mirada, profunda e intensa, parecía querer descifrar mis pensamientos, aunque era yo quien trataba de leer los suyos.—Podemos adelantarnos al rancho —me dijo con voz baja, solo para mí—. De todos modos, allá podremos saludar a los invitado
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