Tres años después.El jardín era un caos de colores. Flores que yo había plantado, árboles que Gael había elegido, y un pequeño torbellino de tres años que corría de un lado a otro como si el mundo fuera suyo.—¡Mateo! —gritó Gael, persiguiéndolo—. ¡No corras tanto, te vas a caer!—¡No me caigo, papi! —respondió el niño, con esa seguridad absurda que solo tienen los niños así de pequeños.Lo vi tropezar con una raíz, tambalearse un segundo, y luego seguir corriendo como si nada. Gael lo alcanzó, lo levantó en el aire y lo hizo girar. La risa de Mateo llenó todo el jardín, una risa limpia, sin miedo, sin sombras.Yo los miraba desde el porche, con una taza de café en las manos y una sonrisa que no se me borraba.Tres años.Tres años desde el juicio, desde la caída de Aldrick y Damián, desde que decidimos que el apellido Hendrix sería lo que nosotros quisiéramos que fuera. Tres años de paz. De verdad. De esa paz que creímos imposible.Víctor seguía en la cárcel. Le escribíamos de vez en
Leer más