El espejo de la suite principal no mentía. La mujer que devolvía la mirada vestía un espectacular vestido de satén azul noche, de corte impecable y espalda descubierta, que caía como una cascada líquida hasta el suelo. Llevaba el cabello recogido en un moño alto, pulcro, que estilizaba su cuello y ponía en evidencia unos aretes de diamantes que Alejandro le había obsequiado esa misma tarde. Ya no había rastro de la Virginia sumisa, de la mujer que lloraba con una copa de vino en la mano esperando una llamada que nunca llegaría. Alejandro entró a la habitación, terminando de ajustar los gemelos de su esmoquin. Se detuvo a unos pasos de ella, observándola a través del reflejo. Sus ojos, habitualmente fríos y calculadores, brillaron con una mezcla de orgullo y una fascinación que iba más allá del trato comercial que habían firmado. —Estás espectacular —dijo él, con su habitual voz profunda—. Nadie en esa cena va a poder quitarte los ojos de encima. Y lo más importante: nadie va a rec
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