El motor del automóvil ronroneó suavemente cuando Alejandro cerró la puerta del copiloto. El vehículo era elegante, negro, impecable, con un interior que olía a cuero y poder. Virginia se quedó inmóvil por un segundo, sintiendo cómo el mundo exterior quedaba atrás. Él arrancó sin decir una palabra. La ciudad desfilaba ante ellos como un escenario lejano: luces, gente, ruido… todo parecía irrelevante dentro de aquel silencio pesado. Virginia se cruzó de brazos, intentando controlar el temblor de sus manos. No estaba acostumbrada a ese tipo de autos, ni a hombres como él. Alejandro rompió el silencio sin mirarla. —No sueles confiar en desconocidos —dijo—. Sin embargo, subiste. —No confío —respondió ella—. Solo… no tenía otra opción. Él giró el volante con calma. —Siempre hay opciones. Lo que cambia es cuánto estamos dispuestos a pagar por ellas. Virginia apretó los labios. Aquella frase le dolió más de lo que quería admitir. —¿Y usted? —preguntó, reuniendo valor—. ¿Por qué se
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