Cuando neurocientífico ruso te explica que 54 niños modificados genéticamente existen dispersos en 12 países y tu hijo de tres años acaba de convertirse en antena humana permanente que ve tragedias futuras sin poder prevenirlas, mientras negocias inmunidad con agencias de inteligencia que matarían a toda tu familia si supieran cuánto sabes realmente, aprendes que victoria nunca es limpia—siempre deja cicatrices en inocentes que nunca pidieron pelear tu guerra. El aire en la sala de control olía a ozono quemado y sudor rancio. Victoria permanecía de pie frente a tres pantallas simultáneas, cada una mostrando rostros que representaban poder suficiente para borrar su existencia con una orden. A su izquierda, el agente Morrison de la CIA—mandíbula cuadrada, ojos grises como hielo sucio. A su derecha, el coronel Volkov del FSB—calvo, cicatriz que atravesaba su ceja izquierd
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