Las madres difíciles no llegan con manual de instrucciones; llegan con historia que las hizo así y que no siempre tienen palabras para explicar.Carmen Solís llegó un miércoles por la tarde en el autobús de las cuatro desde la Ciudad de México, con una maleta mediana que Valentina reconoció de inmediato porque era la misma que habían usado en el único viaje familiar que recordaba con algo parecido a la calidez: Acapulco, verano de 2001, cuando Lucía tenía siete años y todavía creía que el mar era infinito. La maleta era de tela verde con ruedas que chirriaban en el adoquín, y Carmen la jalaba con la misma eficiencia con la que hacía todo: sin quejarse, sin pedir ayuda, sin admitir que las ruedas estaban mal.Valentina la esperaba en la entrada de la posada. El tercer trimestre le había vuelto el cuerpo un territorio extraño, lleno de cent
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