El dolor de Nikolai no fue inmediato. No gritó después del sepelio, bo golpeó paredes, no buscó culpables, ni levantó la voz para exigir respuestas que nadie podía darle. Simplemente, dejó de estar. Los días siguientes se movía como una sombra dentro de la mansión Volkov. Caminaba por los pasillos sin rumbo fijo, como si no reconociera del todo el lugar que durante años había sido su hogar. Comía porque alguien insistía, dormía porque el cuerpo colapsaba, respondía con monosílabos, con la mirada perdida, ausente incluso cuando estaba presente. Era como si una parte de él se hubiera quedado atrapada en aquel almacén en Alemania, bajo el fuego, sosteniendo un collar que ya no volvería a rodear un cuello vivo. Nikolai seguía respirando, seguía cumpliendo funciones, seguía siendo útil, pero por dentro, algo esencial había muerto con ella. La habitación de Chely permaneció intacta, nadie se atrevió a entrar. Las empleadas evitaban ese pasillo, los hombres bajaban la voz al pasar fre
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