Las luces se encendían y se apagaban como un pulso vivo. Neón azul. Magenta. Rojo profundo. La música no tenía origen; no venía de ningún lugar concreto. Estaba en el aire, vibrando contra la piel, marcando el ritmo interno de cada movimiento. Lucía lo veía todo como si estuviera sentada en una butaca invisible, observando una película que no recordaba haber empezado. En el centro, una mujer bailaba. Un vestido corto, ceñido con una precisión casi impecable: elegante, insinuante sin caer en lo obvio. La tela seguía cada línea de su cuerpo como si hubiese sido creada para acompañarla, no para dominarla. Tacones altos, finos, marcando el suelo con una seguridad silenciosa. Las piernas se movían con fluidez, sin prisa, sin esfuerzo. Había control en cada gesto. La mirada —si es que existía— descendía lentamente, recorriendo la línea de su espalda, la curva sutil de la cintura, el balanceo exacto de las caderas. La melena caía libre, larga, ondulada, rozando los hombros desnud
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