COSTELLODiez años.Eso era lo que había pasado desde que mi vida se había corroído como una batería vieja. Después de todo ese tiempo, aún podía recordar cada pequeño detalle. Incluso el tono amarillento de los dientes del hombre cuando se burlaba de mí, empujándome con fuerza contra la pared de ladrillos. Estaba sudando, no por miedo, sino por la humedad. El calor de agosto en Rhode Island podía poner al Diablo de rodillas.—No creo que entiendas —dijo Romeo. Me había dicho que ese era su nombre justo antes de darme el primer golpe en las costillas semanas atrás—. Sabemos lo forrado que estás, chico.Chico. Odiaba que me llamaran así. Solo tenía diecinueve años, pero era un hombre desde que le puse una bala en la cabeza a alguien por primera vez. Y no había pasado tanto tiempo desde entonces.Romeo me lanzó una mirada marchita. Me apretó contra la pared, mientras sus secuaces me sujetaban los brazos a los lados para que no pudiera golpearlo.—¿Qué tengo que hacer para que escuches?
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