JaquelineEstaba sentada en la cama, aún abrazada a Alexandre, mientras conversábamos animadamente. Él me rodeaba con el brazo, mirándome con una sonrisa serena. La habitación estaba llena, pero el ambiente era ligero, acogedor. Una mezcla de alivio y alegría después de todo lo que habíamos vivido.Fabíola entró enseguida, elegante como siempre, y no dudó en visitarme.— Jaqueline, querida, necesitaba verte. Me alegra que estés bien. ¡Felicidades por los gemelos! —dijo, sonriendo con delicadeza.— Gracias, Fabíola. Me alegra mucho que hayas venido —respondí con sinceridad.Pero la mirada cruzada de Pedro hacia ella dejaba claro que las heridas entre los dos aún no habían cicatrizado. Permaneció en silencio, con los ojos duros, observándola desde lejos. Era evidente que aún guardaba rencor. En el pasado se había sentido usado por ella y luego descartado, y no hacía ningún esfuerzo por ocultarlo. Fabíola, por su parte, mantuvo su aire altivo y fingió no darse cuenta.Estevão, sentado ce
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