Mérida se marchó esa misma tarde.No sin antes dejar sobre la mesa del comedor una hoja cuidadosamente escrita a mano, llena de indicaciones, horarios, comidas y todo lo relacionado con el cuidado y atención de la pequeña Celeste. Margaret la leyó de reojo mientras ayudaba a su madre a cerrar la maleta.—Aquí está todo —dijo Mérida, señalando el papel—. Las tomas, las papillas, el cambio de ropa, y por favor… nada de distracciones con el teléfono cuando esté despierta.Lucien asintió con una seriedad casi solemne, como si acabara de recibir instrucciones para una misión de vida o muerte.—Lo tengo claro —respondió—. Puede irse tranquila.Mérida lo miró durante unos segundos más, evaluándolo en silencio, y luego besó la frente de su nieta, que dormía profu
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