Andrea—No, no, papá, no digas eso —grité. Lo que me faltaba para cerrar con broche de oro mi crisis existencial—. La mala soy yo. La indigna, la mala hija. No digas eso, ni se les ocurra pensar que fallaron. Se los suplico, por favor. No, no, no.Ya no podía más. De verdad me dolía el alma. Dios… por favor. De corazón te ofrezco redimirme, por favor. No volveré a estar con un hombre, a no ser que el último y único, si soy digna de ser la esposa de alguien. Libra a mis padres de su culpa, libra a Enrique de una consecuencia, que mi prima no tenga complicaciones, que Arnold salga de la cárcel. Que Haku encuentre el amor verdadero. Te lo suplico, señor. Yo soy la culpable.Me había aferrado al cuello de mi padre, sin dejar de llorar. Sin dejar de recitar de manera mental mi promesa de cambiar por convicción. De ser diferente, de no hacer más daño. Sonó un celular y, sin dejar de aferrarme a los brazos de mi padre, sin poder controlar el temblor. Escuché a mi hermana llorar y sentí miedo
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