Pasaron varios días.No hubo grandes revelaciones ni milagros repentinos. Solo repetición, errores y cansancio. El anciano demonio no creía en atajos, y Sareth ya había aprendido —a golpes— que la magia no se doblega por desesperación.Entrenó hasta que las manos le temblaban. Hasta que la oscuridad dejó de responderle como una bestia salvaje y empezó a hacerlo como una herramienta. No era dócil, nunca lo sería, pero al menos ya no intentaba devorarla cada vez que la invocaba.—No pienses en el portal —le repetía el anciano—. Piensa en el lugar al que quieres llegar.Y, aunque no lo decía en voz alta, ambos sabían que no se trataba de un lugar.Era Kael.La conexión entre ellos seguía ahí. Débil, irregular, como una cuerda gastada a punto de romperse, pero real. Castiel no la había cortado del todo. Quizá porque no la vio. O quizá porque la subestimó. Un error muy suyo.La noche en que ocurrió, el aire estaba extrañamente quieto. Ni siquiera las sombras se movían con normalidad. El an
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