—Esto es un maldito chiste —gruñó el alfa Satir enfrente de sus guerreros—. Me dices que destruyeron un área completa. Ja, ¿unos bandidos? —Eso es lo que dijeron los informantes del Rey. El alfa se pasó la mano por el cabello. —No. Eso es imposible. Me dices que simples ladrones tienen la fuerza, la organización. El jodido poder para hacer añicos un área del territorio del Norte. —Eso parece, alfa. —¿Crees que soy idiota? Eso no es posible —tiró la copa de plata al suelo. El líquido carmesí se extendió por la madera. —Eso es lo que nos dicen los informantes, alfa —el lobo bajó la cabeza con respeto y tragó saliva con dificultad. —Ese ataque es obra de alguien —se masajeó violentamente las sienes—. Debe ser… Azim. Ese infeliz nunca quiso que el territorio fuera dividido. ¡Malnacido, hijo de puta! —No dejaron ningún sobreviviente. Las extremidades del alfa Vadhor fueron esparcidas en la entrada del territorio. —¡Qué puto enfermo es Azim! El alfa Satir sintió náuseas. Sus manos
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