JUDE Han pasado tres años y todavía me sorprende lo silenciosas que pueden ser las montañas al amanecer. Nada se mueve salvo la neblina, que se enrosca entre los pinos como si respirara. Nuestro pequeño refugio —una casa de madera que cruje al menor cambio de temperatura— se despierta justo después de mí. Escucho, desde la cocina, el murmullo suave y difuso de la vida que construimos: los pasos torpes de Wyatt bajando de la cama, la risa somnolienta de Holly llamando a su madre, el balbuceo entrecortado de palabras que apenas empiezan a ser frases. Megan sigue acostada, aunque sé que está despierta. Tiene esa quietud extraña de quien escucha antes de moverse, como si el silencio fuera un animal al que no quiere espantar. Nunca habla de ello, pero sé que todavía observa el mundo en busca de amenazas invisibles. También sé que cada día le pesa un poco menos. Me sirvo café, y el sonido atrae a Wyatt, que entra arrastrando su manta azul y con el cabello revuelto, como si hubiese pasado
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