Recordó cómo antes, cuando Natalia todavía lo quería, había fantaseado con él sobre los hijos que tendrían.Si era niña, la mimaría hasta convertirla en la princesita más feliz del mundo.Si era niño, lo criaría para que fuera tan brillante como Ricardo.Lo decía con un brillo especial en los ojos.Incluso llegó a dibujar cómo se imaginaría a sus futuros hijos.Pero en cuanto se los entregó, él los hizo pedazos y los arrojó a la chimenea.Le espetó con frialdad que podía tener hijos con cualquiera, menos con ella.Y le exigió que dejara de hacerse esas ilusiones vanas.Al recordar aquello, Ricardo sintió una punzada de amargura.Antes era ella quien se aferraba a su brazo mientras le contaba esas fantasías, y ahora era él quien anhelaba tener hijos con ella, quien se aferraba a esos mismos sueños.En ese preciso instante, llamaron a la puerta del despacho.—Señor, el carro ya está listo.Tras escuchar, Ricardo tomó de inmediato el regalo que estaba sobre el escritorio y salió.De camin
Leer más