Amaia. Gael observa el lugar a mi lado, pero desvía sus pasos hasta el sillón contiguo. Tiene la cabeza gacha, incluso parece un tanto dócil, no me ofrece la misma mirada que de costumbre. —¿Estás bien? —vuelve a preguntar con aquella voz grave que a veces puede parecer un refugio y otras más el filo de una espada cruel. Asiento. —El médico dijo que mi herida está sanando bien, así que no tienes por qué preocuparte. —Bien…No me mira, sólo lleva su mano a la nuca, como si tuviera un dolor o molestia invisible. Ahora, más despierta, es más evidente lo desprolija de su barba, incluso más abundante. Tiene el cabello revuelto y aunque se ha cambiado de ropa, ésta no alcanza a ocultar que debe llevar días sin un descanso apropiado. —Deberías ir a tu casa —sugiero con suavidad—. Necesitas dormir, aunque sea unas horas. Entonces, sus ojos me buscan, negando con un movimiento seco. —Estoy bien. Espero que diga algo más, pero sólo se escucha el rumor afuera de la habitación, los pasos
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