Capitulo —Manuela y Andrés En los primeros días tras el nacimiento de Manuela y Andrés, la casa de los Ferrer se llenó de una ternura nueva, casi palpable. Cada miembro de la familia encontraba su propia manera de acercarse a los mellizos, de decirles sin palabras cuánto eran esperados, cuánto eran amados. El cansancio estaba ahí, inevitable, pero no pesaba. No cuando el corazón de Flor y Gabriel rebosaba gratitud y una felicidad serena, distinta, más profunda que cualquier otra que hubieran conocido. Una mañana, mientras Flor se acomodaba en la cama para amamantar a los bebés, Dylan entró a la habitación con una mantita doblada entre las manos. La sostenía con cuidado, como si cargara algo frágil, valioso. Flor lo miró sorprendida mientras él avanzaba despacio, cuidando no hacer ruido para no despertar a los mellizos. —Mamá… —dijo en voz baja—. Quiero que esta mantita sea de ellos también. Extendió la tela con solemnidad. Estaba algo gastada por los años, pero seguía siendo suave,
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