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102 chapters
CAPÍTULO 1. Sí... acepto
—¡Eres una mosca muerta, Sahamara Reyes! ¿¡Es que no soy tu mejor amiga!?—gritó aquella chica dando un portazo en su habitación, y si alguien más hubiera estado allí, se habría sorprendido por la forma en que Sammy se colgaba de su cuello a pesar de lo que acababa de decirle.Pero cuando Lory la separó de ella, y la miró de arriba abajo, supo que por fin la familia Reyes había conseguido quitarle a su mejor amiga lo más valioso que tenía: su libertad.—¿No podías avisarme con más tiempo que te ibas a casar? ¿Tengo que enterarme solo unas pocas horas antes, como el resto del mundo? —rezongó.—¿Qué resto del mundo, Lory? —murmuró Sammy, recogiéndose el vestido de novia y corriendo un poco la cortina de la habitación para que mirara afuera. Había unas pocas personas en el jardín de aquella mansión, y todos eran familia—. Y solo te enteraste tres horas después que yo… ¡Ni siquiera puedo decirte qué demonios está pasando porque todavía estoy aturdida!Sammy se miró el vestido de novia, que
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CAPÍTULO 2. ¿Te gusta lo que ves?
Decir «Sí, acepto», era la parte fácil. La parte difícil venía en el momento en punto en que Sahamara Reyes no tenía ni idea de qué implicaba casarse con Ángel Rivera.¿Debía ser su esposa «esposa»?¿Debía poner solo una cara linda frente a las cámaras o también tenía que acostarse con él?La sola idea le aflojó las rodillas y no en el buen sentido, haciendo que Ángel se girara a verla.—¿Estás bien, Sahamara? —le preguntó con tono solícito y la muchacha asintió.Desde el momento en que el juez los había declarado marido y mujer no había soltado su mano, y había sido lo bastante cortés como para darle solo un beso en la mejilla.Después de eso el tiempo se fue en conversar con los pocos invitados, pero Ángel siempre se encargaba de mantenerla a su lado, incluso le acariciaba el dorso de la mano de cuando en cuando, como si fuera un gesto tranquilizador entre los dos. Pero la realidad era que Sammy no se atrevía ni a mirarlo.—Tranquila, todo va a salir bien —le dijo inclinándose un po
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CAPÍTULO 3. El cielo se puede negociar
«¿Te gusta lo que ves?»Realmente no era una pregunta tan difícil, y aun así Sammy no pudo evitar balbucear un poco.—¿Eh…?Lo vio inclinarse hacia ella con una sonrisa traviesa y pasar un pulgar sobre sus labios mientras los miraba fijamente.—La verdad es que no sé si pedirte que cierres esa boquita… o pedirte que la abras un poco más —dijo en un susurro y ella se echó atrás, tosiendo porque estaba segura de que aquella insinuación le había hecho subir burbujas de champaña a la nariz.Él rio mientras la miraba de arriba abajo con una expresión de depredador en plena cacería y Sammy sintió que se encogía sobre sí misma.—No imaginé que fueras tan… impresionable —advirtió él sentándose en el asiento frente a ella y la muchacha arrugó el ceño.—¡No soy impresionable! Es solo que…¿Qué iba a decirle exactamente? ¿Que hasta ese momento él había sido un educado y agradable bloque de hielo y de repente, apenas se cerraba la puerta del avión, parecía un playboy en plena conquista sexual?—B
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CAPÍTULO 4. ¡Esto se va a caer!
Por un segundo aquel hombre se quedó paralizado. ¡Los dos maldit0s pilotos estaban muertos! Y por la forma rígida de sus cuerpos, llevaban más de tres horas así.Quizás en otro momento, como cualquier ser humano normal, se habría puesto a gritar porque alguien había envenenado a dos personas en aquel avión, pero la realidad era capaz de golpear con más fuerza que cualquier hombre.Estaban en el aire, a doce mil metros de altura, alguien había envenenado a los pilotos y la única razón por la que no se habían estrellado ya era porque el aparato llevaba puesto el piloto automático. Sin embargo estaba seguro de que eso no los ayudaría por mucho tiempo más.Cerró los puños sobre los asientos de cada piloto y respiró profundamente hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Era estúpido decir que no estaba asustado, pero si algo había aprendido en la vida, era a no dejar que el miedo lo dominara.No tenía ni puñetera idea de cómo se podía aterrizar aquello, había pilotado aviones ultraliger
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CAPITULO 5. El favorito
Debían ser aproximadamente las ocho de la mañana, cuando Ángel Rivera se despertó, sobresaltado por el sonido estridente de aquel teléfono. Había pasado la noche en el despacho de su padre, en el edificio de oficinas de la Compañía.Había bebido, había pensado, había repasado cada detalle en su mente y luego se había quedado dormido, porque la explicación la tenía, pero la solución para el problema, no.Apretó el botón del intercomunicador y la voz aguda de la secretaria de su padre sonó en el aparato.—Señor Rivera, tenemos una llamada entrante del aeropuerto de Honolulu.Ángel arrugó el ceño y se humedeció los labios antes de mordérselos.—Muy bien, transfiera la llamada —le ordenó y la voz de un hombre mayor se escuchó al otro lado.—¿Hablo con el señor Rivera?—El mismo. ¿En qué puedo servirle? —respondió educadamente.—Señor Rivera, esta es una noticia difícil de dar, pero me temo que algo ha sucedido. Su compañía aparece como propietaria de la aeronave Gulfstream G650, con el Có
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CAPÍTULO 6. ¡Yo seré una princesa, pero tú eres el Diablo!
La explosión no tardó ni dos minutos en escucharse, haciendo que las dos personas en el fondo de aquella balsa de emergencia se sobrecogieran. Pero la bola de fuego que subió hasta el cielo, hizo que Darío levantara la cabeza y tratara de calcular la distancia.Sí, ya podemos decirlo: su nombre era Darío Rivera, la cabra loca de la familia Rivera, el descarriado, el rebelde, el irreverente. Pero en ese justo momento lo que menos importaba era su nombre o su apellido, sino lo que fuera capaz de hacer para sobrevivir.El avión se había estrellado sobre tierra, y la columna de fuego y de humo que salía de él era una guía suficiente, pero no podían demorarse, porque la corriente no iba a llevarlos derechito a tierra así como así.PegadoS al interior de la balsa salvavidas había varios artículos de emergencia, y Darío agradeció mentalmente que hubieran comprado las que hacía Lalizas, porque eran las que mejor equipadas estaban.Desprendió dos pagayas cortas que había a un costado, y las mo
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CAPITULO 7. ¡Toca el bicho!
Sammy se llevó una mano a la frente, haciéndose sombra sobre los ojos. El atolón era tan pequeño que solo debía tener unos tres kilómetros de largo, sin embargo el suelo era rocoso y lastimaba los pies a tal punto que había que elegir muy bien dónde pisar.Así que lo que podía haber sido una caminata de cuarenta minutos, se convirtieron en tres horas de martirio bajo el sol.Sammy contuvo la respiración cuando su estómago rugió, protestando, y Ángel se dio la vuelta, pero no dijo nada porque él estaba igual, muriéndose de hambre.Le tendió una botella de agua, pero antes de que ella la agarrara, Darío levantó el índice en su dirección.—Con control, princesa, que no tenemos mucha —le advirtió.—¡Por supuesto, Diablo! Puedo ser una inútil, pero no soy una inconsciente —replicó llevándose la botella a los labios y dándole solo dos pequeños sorbos.Estaban casi llegando al avión cuando empezaron a encontrar pedazos más grandes regados. Fragmentos de la cola, asientos chamuscados, nada qu
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CAPITULO 8. Tierra a la vista
El sol apenas parpadeaba entre nubes oscuras. Se había pasado toda la noche lloviendo, y ni Sammy ni Darío habían podido dormir bien. Estaban cansados, agotados y ateridos. Aunque aquel pedazo de avión les hacía de algo parecido a un techo, el aire de la tormenta había lanzado mucha lluvia en su dirección, así que los dos habían terminado empapados.—¿Crees…? ¿Quién crees que nos haya hecho esto? —murmuró Sammy, metiéndose en la boca una pequeña masa de pescado asado.Era raro desayunar con pescado, pero era mejor que no comer nada.Darío bajó el suyo con un sorbo de agua y negó.—No tengo idea, pero es evidente que no fue un accidente —respondió—. Dos hombres murieron con los mismos síntomas, probablemente envenenados. Y la realidad es que si a mí no me gustaran los deportes extremos, tú y yo estaríamos muertos también.Sammy se encogió sobre sí misma. No había podido dejar de pensar en eso.—Esto no fue para ellos, ¿verdad? —murmuró—. Fue para ti y para mí.—O solo para uno de los
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CAPÍTULO 9. Perfectos el uno para el otro
Levantarla y llevársela a la pequeña cueva era lo de menos. El problema era que ni Darío tenía idea de por qué se había desmayado, ni Sammy parecía tener mucha intención de recuperar el conocimiento. Eventualmente su respiración se acompasó como si estuviera durmiendo, y él intentó tranquilizarse diciéndose que solo era el estrés.Y por más que se peleaba con ella, no podía culparla. Lo que habían vivido en los últimos dos días era digno de una novela de terror, no podía imaginar nada peor. Y si para él, que estaba acostumbrado a ponerse en situaciones extremas por diversión, aquello era difícil, no quería imaginar cómo era para ella, que probablemente tenía un séquito de nanas para consentirla cuando se rompía una uña.La acomodó en un rincón de la cueva, entre dos mantas térmicas. El lugar no era muy grande, apenas unos tres metros de ancho por otros cinco de profundidad, lo bastante alta como para que Darío no necesitara inclinar la cabeza al caminar adentro. La poceta donde goteab
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CAPÍTULO 10. ¿Puedes confiar en mí?
Sammy sentía que los nervios le ganaban. Solo quería que llegara la noche lo más rápido posible, y Darío tuvo que protestar con convicción, porque con su apuro iba a quemarles la comida.Fue el día que más rápido la vio comer, incluso con tan pocos modales que se chupó los dedos y hasta suspiró, y el Diablo Rivera pasó saliva porque era un gesto normal, cualquiera se chupaba los dedos, él mismo lo hacía, pero cuando la veía hacerlo a ella… era como si esa parte menos dócil de su cuerpo se despertara.—¡Bueno, ya, ya! ¡Solo es comida! —le gruñó cuando la oyó suspirar por tercera vez, y Sammy levantó una ceja curiosa cuando lo vio tan ofuscado. Sin embargo no le dio tiempo a decir nada, porque él ya estaba levantándose y rebuscando en la bolsa por las cosas que iban a llevarse.Preparó la pistola de bengalas, se echó en uno de los bolsillos del pantalón cargo uno de los cohetes de señales, y salió andando en dirección al otro extremo del islote apenas el sol cayó. En contraste con su ce
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