Un hijo con el chico malo
Un hijo con el chico malo
Por: HET
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PAIGE

Tengo mucha suerte de tener a Jo en mi vida, quiero decir, ¿qué probabilidades tenía de encontrar una compañera de piso que dirija una guardería? En poco más de un año se ha convertido en mi mejor amiga, en mi familia, en la mejor tía para Owen. 

Después del nacimiento de Owen la encontré, estaba buscando alguien con quién compartir piso y yo necesitaba salir del ala de mis padres y sus tóxicas creencias y supervisiones. Sí, me quedé embarazada a los dieciocho años, y sí, estuve a punto de abortar si no hubiera sido por ellos, porque incluso el padre de Owen quería que lo hiciera. Él es dos años mayor que yo, le conocí de rebote en una fiesta y... pasó. Mis padres jamás me gritaron tanto, sobre todo cuando di la opción del aborto y me arrastraron a la iglesia a que me dieran una charla demasiado explícita que me traumatizó. No aborté, tuve a Owen y me tocó pasar los último del instituto estudiando desde casa porque eso era una vergüenza para mi familia. Vergüenza me daba a mí que ellos fueran mis padres, que quisieran quitármelo cuando lo tuve después de que me hicieron tenerlo y me aislaron de todo. 

—Venga venga —me anima Jo—. Vas a llegar tarde y te van a quitar la beca. 

—No funciona así, todavía puedo... 

—No, no puedes —me insiste. 

Suspiro y Owen levanta la cabeza de mi pecho. Tiene suerte de que confíe en ella. He conseguido entrar en la universidad aunque dos años atrasada y tendré mucho menos tiempo para él; he tenido que encontrar otro trabajo sólo por las tardes. Es una vida estresante pero no tengo otra opción. 

Me levanto del sofá con él en mis brazos y Jo me lo quita de encima. Owen la quiere pero aún así llora cuando se aleja. Lo entiendo, no tengo mucho tiempo para él y eso a mí también me molesta. 

Estiro la mano y le acaricio el pelo tan negro y lacio que ha sacado. Me inclino, le beso la cabeza y es cuando se calma un poco. 

—Hasta luego, bebé —me despido.

Jo me sonríe y me da ánimos a salir del apartamento. Agarro las llaves de mi destartalado coche y corro escaleras abajo. He tardado un año en poder hacer los exámenes de ingreso a la universidad y no me creo aún que haya conseguido una beca completa. Estar embarazada y tener a Owen no me hizo ser mala estudiante, nunca lo he sido y el esfuerzo me ha dado resultados. Siempre he querido estudiar criminología y ahora que puedo hacerlo necesito mantener la beca el resto de años de carrera. 

Conduzco casi cuarenta minutos hasta la universidad y no vine al recorrido de novatos porque Owen se enfermó, así que es la primera vez que veo el campus menos por internet. Es impresionante aunque supongo que me lo parece porque jamás había estado antes en uno. Me he impreso un mapa para encontrar mi facultad con facilidad y tras girar en dos calles el edificio de cuatro plantas y ladrillo rojo aparece frente a mis ojos. Hay un pequeño aparcamiento sin muchos coches y me quedó cinco minutos aparcada revisando mi horario del día y que lo llevo todo en la mochila. No quiero verme estúpida caminando por ahí más perdida que una novata aunque eso es lo que soy. Cuando estoy segura de que estoy en el lugar correcto, me bajo del coche y me ajusto la mochila al hombro. Suspiro y doblo mis papeles apretándolos en la mano. Es imponente estar aquí y me intimida que todo el mundo camine tan seguro y yo esté tan aterrada. 

Estoy tensa, siento como el metal del sujetador me molesta, cómo lo ajustados que son mis vaqueros me ahogan y cómo la mochila de repente pesa demasiado. Respiro lentamente y camino hacia las escaleras de entrada. Subo los escalones lentamente y reviso de nuevo mis papeles para asegurarme de que recuerdo el número de mi aula. Lo único que me alivia una vez dentro del edificio es ver que hay más novatos perdidos; por suerte llego a mi clase, a las dos primeras. Tengo veinte minutos libres hasta mi tercera y penúltima hora y aprovecho para mirar los alrededores de la facultad. 

Es el primer día de clases y hay mucho revuelo, muchos perdidos y muchos anuncios de fiesta. Un grupo de chicas muy risueñas me pasan por el lado, me sonríen y me entregan un folleto anunciando una fiesta en una fraternidad femenina. 

—¡Allí te esperamos! —me dicen. 

Arrugo el folleto en mis manos, ni siquiera me molesto en pensar ir. Detrás de ellas vienen otro grupo de chicos con todas las pintas de ser deportistas. Caminan en grupo, se ven como una manada y anuncian una fiesta en su fraternidad; pasan por mi lado y me dan otro folleto mucho más descuidado. Espero que pasen de largo y ya, pero uno de los chicos que va al final de todos ellos, me mira y es el que menos parece que va con el grupo. 

—Me suenas, ¿te conozco de algo? —duda con gracia y yo niego—. ¿No? ¿Segura?

—Demasiado.

Recordaría haber visto a un chico así de guapo antes en mi vida, soy madre, pero tengo veinte años y me gustan los chicos. Mi vida sentimental se acabó con Owen. Nunca he tenido novio, sólo cosas esporádicas y el primero fue su padre, después, estar con un chico de mi edad es muy difícil cuando se enteran de que tengo un hijo de dos años, así que me limito a lo que surja. 

Me sonríe y me parece bastante agradable. Tiene una sonrisa blanquecina y su musculoso brazo se estira en mi dirección con la mano abierta, la acepto porque se me hace un gesto divertido para saludarme. El bícep se le marca bajo la camiseta azul de manga corta y lo duro que es el apretón de manos me reafirma la teoría de que es un deportista, de gimnasio o de lo que sea, pero hace ejercicio. 

—En ese caso soy Samuel —se presenta y cuando le suelto la mano se pasa la mano por el pelo corto y castaño recortado a estilo militar.

—Paige.

Veo su mirada ir más allá de mí, sonríe y vuelve a mirarme. 

—Bueno, Paige, espero verte en la fiesta —me dice.

Quiero decirle que espere sentado porque no hay forma alguna de la que pueda asistir. Pero en su lugar, aprieto los labios y asiento lentamente.

—Claro —mascullo y doblo el folleto que me ha dado uno de sus amigos.

Me señala y me sonríe mientras empieza a caminar de espaldas. 

—No me falles. 

¿Qué no le falle? No quiero darle un discurso sobre coger confianzas tan rápido. No va eso. Ya no. 

Cuando se gira y avanza para pillarle el paso a sus amigos, yo ya tengo que volver a mi facultad  para mi tercera clase. Tengo que parar cuando avanzo tres pasos por el camino del campus, ¿a dónde me creo que voy? Reviso el mapa del campus que llevo doblado en el bolsillo de la chaqueta e intento encontrarme, cuando creo que lo esoy consiguiendo, alguien me arranca el impreso de las manos. 

<<¿Qué coj...?>> 

Hasta los pensamientos se me congelan cuando le veo. Sigue teniendo el pelo negro, recortado a los lados y más largo en el flequillo con unos mechones que le caen por la frente. Sigue teniendo esa expresividad de ira y chico malo que tanto me atrajo en su día y... Ahora se le ve más adulto, aún más intimidante y creo que es porque tengo la vista clara, veo que me saca una cabeza y que aunque no es súper musculado como un jugador de rugby, si quisiera le rompería la cara a alguien; algo que sé que ha hecho. 

—¿Qué haces aquí? —me brama. 

Levanto las cejas y le arranco de las manos el mapa. Qué buena forma de hablarle a la madre de su hijo. Sólo espero que cuando está con Owen le enseñe buenos modales; no quiero que mi hijo salga con esa irrespetuosidad y arrogancia que tenía. 

—Estudiar —le respondo y me hundo el papel en el bolsillo de la chaqueta. 

La última vez que le vi fue poco después del nacimiento de Owen, mis padres le permitieron entrar en casa. Algo que sí le reconozco es que es atento con Owen, se preocupa por él y siempre me lo devuelve perfecto y feliz. El único contacto que mantenemos es por mensajes, ni siquiera llamadas. Él recoge a Owen de la guardería los fines de semana alternos y lo devuelve los lunes por la mañana. Es Jo la que me avisa. No nos vemos. No sé nada de su vida y sólo espero que no vaya por ahí robando virginidades y embarazando a chicas de una sola noche.

Ahora le asoman más tatuajes por el cuello de la sudadera negra, una especie de cabeza de serpiente y a saber qué más cosas tendrá.

—¿Aquí? ¿Desde cuando? 

Resoplo y echo a andar hacia mi facultad de nuevo. Esa prepotencia al hablar y la forma en la que se cree con el poder de ordenar cosas es algo que me hizo abrirle las piernas. No sé ni cómo eso me gustaba, supongo que porque eso del "chico malo" es atractivo cuando estás con las hormonas a flor de piel. 

—Desde hoy.

—¿Y Owen? —se interesa.

Que me pregunte por él es lo único por lo que no me molesta que me siga.

—En la guardería como cada lunes a esta hora.

Teniendo en cuenta que tenemos un hijo en común, esta charla es de lo más incómoda y rara. Si a eso le sumamos que no tenemos ni idea del otro y que no nos hemos visto mucho... 

—¿Tú estudias aquí? —le pregunto. 

Creo saber la respuesta, lleva una mochila negra colgada al hombro y esto es un campus, no creo que esté de paso. 

—Sí —responde seco. 

Veintidós años de puro creerse el más malo. Eso me hace resoplar. Sé que es así y ahora lo detesto. Ni siquiera parecía o parece el tipo de chico que estudia en la universidad. Cuando le vi por primera vez vendía marihuana y a saber qué más cosas y era de un instituto muy mal calificado. ¿Sigue vendiendo esas mierdas? A saber, lo importante es que la mensualidad para Owen llega el día uno de cada mes. 

—Pues qué bien —resoplo. 

Diviso de nuevo la facultad y aprieto el paso.

—Ten cuidado con ese capullo con el que hablabas, es un cabrón. 

—Ya, bueno, gracias por el increíble consejo.

—Sólo te aviso, haz con tu vida lo que quieras.

—Me alegra que sepas que no me puedes decir lo que hacer —le espeto y me cruzo por delante suya para coger el camino hacia las escaleras de entrada—. Ha sido un placer verte después de dos años para esta gilipollez de conversación. A la próxima ni lo intentes. 

Lo dejo atrás y empujo hasta la puerta con furia. Durante el resto de mi día lectivo no puedo quitarme la cabeza el encontronazo. Salgo de mi última clase aún con algo de enfado. No quiero llevar esta relación tirana con el padre de mi hijo, Owen no se lo merece. Pienso que podríamos tener una relación de adultos que comparten algo tan importante, una relación normal con distancias y madura. Lo pienso mientras camino a mi coche y de repente vuelvo a verlo. Tiene un coche increíble, uno muchísimo mejor que el mío y está recostado en él con sus manos en el culo de una rubia que lo besa a punto de desnudarlo. 

¿De verdad? ¿Qué necesidad? Se ve vulgar y cuando me quiero dar cuenta él me está mirando. Me noto la cara de asco y no puedo evitarla, pero mientras no haga eso cuando tiene a Owen todo está bien, es su vida y yo tampoco me voy a meter en lo que no me llaman.  

Entonces la suelta y ella me mira porque él me sigue mirando. Veo su cara de víbora hacerme un gesto asesino y si las miradas mataran me hubiera asesinado treinta y tres veces. <<Qué bien, ahora su novia me odia>>

Me aferro la mochila a los hombros y abro mi coche lanzando la mochila al asiento del copiloto hundiéndome tras el volante. Doy marcha atrás y tengo que pasar por su lado para salir, cuando lo hago, me siento como un mono en el zoo con los dos mirándome y creo que ella se muere por golpearme las ventanillas hasta romperlas. 

Estoy rara todo el camino de vuelta a casa. Tengo dos horas antes de entrar a trabajar, por suerte soy dependienta en una tienda de ropa que está en el centro comercial a un par de calles del apartamento y no puede ser mejor ganga porque la guardería de Jo también está ahí, así que una vez duchada y cambiada, me paso el rato libre antes de entrar al trabajo visitando a Owen. En cuanto cruzo la puerta de la guardería, él salta de una silla de plástico baja dónde estaba dibujando con sus amiguitos y corre hasta mi. Me agacho, dejo el bolso en el suelo y cuando lo atrapo se larga a reír. 

—Hola, bebé —canturreo—. ¿Qué tal el día? 

—Bien bien —repite con una sonrisa preciosa y se me calienta el corazón.

—¿Bien bien o muy bien? 

Él asiente y me enreda sus pequeños brazos al cuello echándose contra mi hombro. Jo trabaja en conjunto con su hermana mayor y me dejan quedarme un rato en su despacho para pasar tiempo con él antes de entrar a trabajar. Es el primer día de la rutina. Me siento con él en mi regazo y durante la media hora que tengo antes de irme, me la paso jugando con él y haciéndole reír lo mejor que puedo.

Hago eso durante toda la semana, hasta el viernes. 

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