Capítulo 34. El diablo

Amelia paseó de un lado a otro en el pasillo frente a la puerta de aquella habitación, esta se abrió y apareció una mujer mayor con su maletín en mano.

—Tranquila, Amelia, —dijo la señora cerrando la puerta detrás de ella. —Está bien, le he suministrado suero y el efecto de la droga pasará en varias horas.

—Gracias, Clara. Eres la única en quien puedo confiar.

—Gracias, haces mucho por ellas, así que es un gusto ayudarte, y respecto a Nicoletta, en tres

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