Él solo se podía culpar a sí mismo por mimarla, por someterse y disculparse con ella primero cada vez que tenían una discusión.
Esta vez él debía enseñarle una lección.
Primero debía hacer que ella admitiera sus errores.
Jay se tumbó en la cama dando vueltas y vueltas, pero no pudo conciliar el sueño.
Angeline, por otro lado, estaba completamente quieta con los ojos cerrados como una marioneta de madera.
Jay probablemente pensó que Angeline estaba profundamente dormida, por eso la cubr