GRACE REED
Cuando llegué al Hospital General de Nueva York, respiré hondo el olor familiar a antiséptico y café fuerte de los pasillos. Me puse mi bata blanca, me hice una coleta firme y me coloqué mi identificación. Por un breve y dulce momento de ilusión, pensé que tendría un día normal.
La ilusión duró exactamente treinta y cinco minutos.
Estaba en el mostrador principal del ala de cirugía, revisando el historial de un paciente con la enfermera jefa, cuando el corredor entero se quedó repent