Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. Ya no podía apartar la mirada ni esconderme de sus acusaciones, porque sabía que esa rabia no había nacido aquel día.
—¡No sé cuántas malditas veces Melanie me suplicó que te buscara por cielo y tierra! —continuó, temblando de furia—. ¡Y yo, como un