—¿Va a bajar a desayunar? —era la voz fría tosca y desagradable de Yolanda
Me acomodé un mechón detrás de la oreja
—No, me siento mal, díganle a Santiago que me traiga el desayuno
Yolanda soltó un bufido y se fue sin responder, y solo pasaron unos minutos cuando escuché pasos suaves y la puerta volv