Sólo cuando los hombres de Antonio se dispersaron se volvió finalmente hacia Julio.
—Gracias por la ambulancia, señor César. De parte de Sofía y mía.
—No hace falta. —Julio sabía ahora quién era aquel hombre y también sabía cuánto le desagradaba. Pero eso no le importaba. Lo único que le importaba era que Sofía estuviera a salvo.
—Vaya —Antonio frunció el ceño—. He oído que has encontrado a alguien nuevo. No creo que debas preocuparte tanto por Sofía ahora, o tu amante podría malinterpretarlo.
L