—¡¿Puedes pensar con la cabeza, Julio César?!
Sofía le empujó con fuerza. Todavía tenía el sabor de Julio en los labios, y su corazón palpitaba con frenesí.
Él la miró, callado. Pasó algún tiempo. Al final su voz grave sonó en los oídos de Sofía. Dijo:
—Ojalá pudiera. Sé que no debería acosarte. No debería ser el tipo de persona que hace esto. Pero... —miró a Sofía y se le quebró la voz—, no puedo evitarlo. En cuanto te veo con otro hombre, me pongo furioso. Ojalá pudiera acercarte a mí.