—¡Ya te dije que ibas a necesitar ayuda con ese perro rabioso! —acusó la histérica voz de una chica bajita, de pelo corto y castaño, de ojos color miel.
Su cara dejaba ver una gran vitalidad y disposición.
—Mildred, sólo ha sido un mordisco… Ni siquiera sangra mucho —replicó con voz tranquilizadora el chico alto que estaba a su lado, de cabello oscuro y ojos afables.
—¡Johnny! ¡Si me lo hubieras dejado a mí, no estaríamos aquí! —sentenció, preocupada y enfadada al mismo tiempo.
—Ah… —suspiró