—Te lo pregunto una vez más, Aurora —su tono era gélido, cada palabra medida como un disparo letal—. ¿Estás segura de que vas a acusar a Estella de intento de asesinato? Porque yo sé perfectamente qué sucedió.
Aurora abrió la boca, pero las palabras no salieron. El miedo la paralizaba. Sabía que Alice no era una mujer de promesas vacías, y la frialdad en su voz era un aviso claro de que había traído pruebas. Incapaz de responder, bajó la mirada, sus manos temblorosas agarrándose con fuerza a la