Alana.
BODA.
—¡Sí, acepto! —ambos dijimos al unísono, y no pude evitar sonreír cuando Farid me besó, aún y cuando el clérigo encargado de casarnos, no nos había dicho que nos uniéramos al beso.
Las manos de Farid acunaron mi rostro y su boca saboreó mis labios sin importar que una multitud nos estaba observando. Su lengua tocaba la mía con suavidad, al mismo que tiempo que el gesto me hacía promesas inimaginables.
La gente se puso eufórica en el instante mientras la capilla repleta se inundaba