Narrador
Don Francesco Di Doménico era un hombre que, con su sola presencia, imponía respeto e intimidaba. A pesar de rozar los setenta y ocho años, mantenía la espalda tan recta como un soldado, una mirada oscura que no había perdido un ápice de su brillo depredador y un apretón de manos que bien podría romperle los dedos a cualquiera.
Como patriarca de la familia, había tenido que asumir responsabilidades desde muy joven; por eso no admitía errores ni actitudes que demostraran debilidad ante