La habitación era más de lo que Selena podría esperar. Paredes en un color azul aterciopelado, con unas tenues y delicadas líneas doradas que la decoraban.
En el medio yacía una majestuosa cama con un respaldo de madera de ébano. El respaldo se elevaba casi hasta el techo, como un monumento a la sofisticación y el dominio. La madera, negra como la misma oscuridad, había sido pulida hasta alcanzar un brillo cristalino que reflejaba los destellos dorados de las paredes, creando la ilusión de que