Celeste hundió su rostro en la almohada y lloró. Lloró por la rabia, por ser una ilusa, por creer que un hombre como él la vería más allá de un producto, un envase vacío al cual usar y descartar. La última vez que había llorado tanto fue cuando le arrebataron a su padre de sus brazos hace más de diez años. Luego de eso su corazón quedó con una herida abierta pero controlada, jamás pensó que volvería a sentirse así, como si se estuviera muriendo.
El dolor de cabeza se asomó, pero eso no detuvo s