Samara observó la taza caliente que estaba en sus manos, unas horas después de haber llegado a esta enrome casa.
Tenía una manta en sus hombros, y sabía que su rostro se veía tan deplorable como se sentía por dentro.
Había llorado durante horas. Simplemente, no pudo dejar de hacerlo, y en medio de esto, Sophie le había aconsejado tomarse unas pastillas, que ella le aseguró no le harían daño.
Su cuerpo ahora se sentía más liviano. Tenía una venda en su tobillo que hizo un médico que la revisó