—¡Estoy cansada! Mira, mis manitas están rojas —dijo con ojos llorosos mientras se frotaba las manos.
Franco la encaró con la mirada entrecerrada y se cruzó de brazos.
—Te duelen las manos... —masculló él. Trataba de mirarla con seriedad, pero se le dificultaba—. Solo has hecho una línea, es imposible que te duelan por eso.
—Es demasiada tarea. Estoy cansada —se quejó con un puchero berrinchudo.
—¿Cansada de qué? —Esta vez no pudo evitar reír.
—Tú eres un abusador al igual que la profe Dani. Lo