Damian permanecía completamente inmóvil; su sola expresión bastaba para que el guardia de seguridad que estaba en la esquina mantuviera la mirada fija en el piso. Su camisa blanca estaba cuidadosamente abrochada, su corbata gris carbón perfectamente colocada, pero sus ojos eran puras nubes de tormenta. Su mente seguía atrapada en su recámara, reviviendo la imagen exacta de la piel sonrojada de Valerie, su labio mordido y el calor embriagador de su cuerpo contra el suyo.
Había estado a punto de