Las pesadas cortinas de terciopelo del despacho privado estaban corridas, bloqueando por completo la sombría luz matutina de Manhattan. En el interior, la única iluminación provenía del resplandor blanco y austero de los dos monitores sobre el escritorio de Damian.
Damian estaba sentado rígidamente en su sillón de cuero, con los dedos entrelazados con fuerza bajo la barbilla. Su rostro estaba completamente pálido, y las ojeras bajo sus ojos daban testimonio de una noche en la que no había pegad