Laia.
***
—Ayúdame, por favor...
De nuevo esa angelical voz me llamaba. Yo estaba de pie en lo más alto de una montaña. La luna resplandecía como nunca y por más que volteara a mi alrededor, no conseguía a nadie.
—¿Eres la diosa? ¡Dime qué necesitas! —exclamé, buscando respuestas.
De pronto, todo se tornó silencioso y el suelo bajo mis pies se quebró. No me caí, más bien aparecí en otro escenario, frente al Roble de la Diosa, ese que Charles ya me había mostrado.
Poco a poco, un remolino de mar