En estos días, Brian había adquirido el hábito de quedarse dormido sobre mis hombros, generalmente después de la
cena. Sus gritos habituales habían disminuido, lo que me indicaba que, a decir verdad, no estaba sano.
El Brian sano que yo conocía tan bien se suponía que debía estar arrasando toda la villa con su
voz estridente y sus diatribas, sin olvidar su habitual pisotón en la puerta. De hecho, estaba enfermo
Era evidente en sus ojos caídos y lentos, sus palmas frías y débiles y su cuello del