Mal día parte 2

—¡Bien! —dije cortante.

Ni en pedo los llamo a todos, así que les mandé un audio al grupo: "Hola, chicos. Tuve un choque, les aviso. No se preocupen, estoy bien; el auto quedó destrozado, está en el taller".

—¡Mentira, está hecho carozo! —gritó Lorenzo por detrás.

No reaccioné rápido y salió eso en el audio. Lo miré con ganas de matarlo. —Lorenzo, eso no lo tenías que decir, ¡estoy bien!

Enseguida empezaron a caer las llamadas grupales. Atendí. —Hola...

—Petí, ¿cómo que un choque? ¿Dónde estás? ¡Ya te voy a buscar! —saltó Matías enseguida.

—Mati, estoy bien.

—Pau, escuché a Lorenzo —intervino Pablo—, y el que digas que estás bien quiere decir que estás mal.

—Te paso a buscar, estoy cerca —dijo Javier.

—No, Javier, estás trabajando.

—Vos sos más importante que el trabajo —sentenció Nicolás.

—Decime que fuiste al médico —pidió Carolina.

—Voy después. Me dejé el CD de colección en el auto... —dije con ganas de llorar.

—¿Cuál, el de Airbag? —preguntó Esteban—. Igual no importa, te llevamos a ver a Patricio y te compramos otro.

—Pero es un digipack del 2004 autografiado por la banda, además es re complicado conseguirlo. Esteban, tenemos que ir a Argentina, gastar un montón de plata. El CD vale como treinta mil pesos.

—Pau, no importa cuánto salga, lo hacemos igual.

—Boluda, tenés que ir al médico —insistió Valeria—, me queda una terapia y voy.

—No, es cosa de Lorenzo, yo estoy bien...

—¡No jodas, boluda! ¿Qué te duele? —me gritó Camila.

—Un poco el cuello por el impacto, se activó el airbag.

—No, ya voy a buscarte —dijo Matías.

—Yo también —agregó Pablo.

Bajé el celular un momento y miré a mi jefe. —¿Viste lo que provocaste?

—Es lo mejor —respondió Lorenzo muy pancho.

Me puse el celular en la oreja otra vez. —Te mudás con Matías ya —ordenó Diego.

—¡¿Qué?! ¡No!

—Sí, Petí, Diego tiene razón, yo te cuido —confirmó Matías.

—¡No! —una voz potente retumbó en la oficina.

¿Qué?

—Giovanni, pará —dijo Lorenzo.

—Se va conmigo —sentenció el italiano.

—¿Qué bicho te picó? (¿Qué te pasa?) —lo enfrenté—. Yo no voy a ningún lado y menos contigo.

—No te estoy preguntando.

—Petí, ¿qué pasa? ¿Quién se cree ese tipo para decirte eso? —preguntó Matías por el teléfono.

—No sé, el jefe del hermano de Lorenzo, que está loco.

—Ragazza, tenemos que hablar —me dijo Lorenzo seriamente.

—¿Qué querés ahora? ¿Meterme en más lío?

—No estás en problemas, estás herida, Paula, ¡reaccioná! —gritó Diego desde el celular.

—Paula, ¿cómo estás? Escuché el audio —era Camila—, voy a salir temprano, me voy para allá.

—¿Y tu clase? ¡Ta, basta chicos! Estoy bien, me tomo algo y punto.

—Ta, Petí, en serio estás mal, reconocelo —me pidió Pablo—. No serás menos dura por eso, no seas terca.

—Gordo, estoy bien, en serio.

—Eres mía, no le digas eso —soltó Giovanni de la nada.

—¿Quién m****a te creés que sos para decirle eso a mi petisa? ¿Querés que te mate a piñazos? —gritó Matías, enojado y con voz gruesa.

—¿En serio crees que podrás conmigo, piccolo (muchacho)? —lo desafió Giovanni.

—Giovanni, calma ¿sí? Estamos en Uruguay, no en Italia —intervino Lorenzo.

—¿Qué les pasa a los italianos? ¿Están todos locos? —pregunté yo, sin entender nada.

—Paula, en serio, tenemos que hablar ahora.

—Mirá Lorenzo, todo este quilombo es tu culpa, yo no me voy con nadie. ¿Escuchaste, Mati? Caro, ponéle un freno. Y vos, italiano, calmarte, tomate un tilo, no sé. Yo no te conozco, no sos mi jefe, ni novio o algo parecido... pero decir semejantes estupideces... si sos como Lorenzo, date una ducha fría. No soy una mujer de cama fácil, así que olvidate.

—Loca, mi amor tiene razón —dijo Carolina por el grupo—, te venís con nosotros, vas a estar bien.

—Loca, ¡estoy bien, ya basta! Todos me tienen re caliente.

Se sintió un golpe en la puerta. —Adelante —dijo Lorenzo.

—¿Llamaron a una ambulancia? —preguntó el médico entrando.

—Sí, tuvo un choque automovilístico y se queja de dolor en el cuello.

El médico me revisó y me hizo varias preguntas. —Tiene latigazo cervical leve (Grado 1). Te daré una inyección fuerte para el dolor, le dará sueño y tendrá que descansar.

—¿En dónde? —pregunté desconfiada.

—Glúteos.

—¡Primero muerta!

—Entonces tendrá que ser en el brazo.

—Ok.

Me remangué la camisa y me la dio. Esto duele más que el choque. Si me cruzo a ese tipo nuevamente, lo mato.

—Bien, te voy a recetar calmantes y antiinflamatorios, son fuertes. Certificación: cinco días.

—No, es demasiado. ¿Cuánto es lo mínimo?

—24 horas.

—Amore, tenés que descansar —dijo Giovanni a mi lado. ¿En qué momento llegó?

—Amore nada. Quiero 24 horas y el diagnóstico para el seguro —le dije al médico, y volví al celular—. Caro, quiero que vaya preso. Había una cámara de la Intendencia justo al frente.

—No va a ir preso —me contestó Caro.

—Que le saquen la libreta entonces.

—Acá tiene todo —dijo el médico entregando los papeles—. Que su pareja se encargue.

—Gracias —respondió Giovanni.

Yo le arrebaté los papeles de la mano al médico antes de que él llegara. —No es mi pareja, ni nada parecido. El tipo está loco, ¿por qué no se lo lleva y lo interna?

El médico me miró raro y se fue.

—Lo de la libreta es más viable —siguió Carolina por el teléfono.

—Pero vos le quisiste pegar, ¿no? —preguntó Pablo.

—Claro, el policía no me dejó.

—¡Que estás loca! Querés acabar presa —dijo Caro—. Debí imaginarlo. Dejá, yo lo arreglo. ¿Y qué está pasando? ¿Por qué ese tipo te dijo amor?

—Yo qué sé, chicos, ya. Me tomo un taxi, voy a casa y listo.

—No, eso no, sola no vas a estar —dijo Pablo—. O te vas con Mati y Caro, o vamos todos a tu casa.

—Ninguna, yo me voy a mi casa sola.

Les corté la llamada. —Ahora sí, escuchame bien —le dije a Giovanni—. Yo no soy nada tuyo, así que bajá un par de cambios.

—Paula, te tengo que decir algo —dijo Lorenzo.

—¡Ya basta! ¡Me tienen harta!

—Es un hombre lobo, somos...

—¡Ja, ja, ja! ¿Qué, te fuiste de pedo ayer? —me burlé de Lorenzo.

—Es verdad. Él es el Alfa de la manada a la que pertenezco, mi hermano es el Beta.

—Ta, Lorenzo, ¿qué estás fumando? ¿Marihuana?

—Mi hermosa Luna, es verdad —dijo Giovanni.

Tenía otra voz. Lo miré; estaba agachado a mi altura y tenía los ojos dorados. Yo me alejé de un salto. ¿Qué m****a está pasando?

—Ya sé, el medicamento, es eso. ¡Estoy alucinando!

—No estás alucinando —dijo con esa voz extraña—. Eres mi Mate, mi Luna. No te preocupes, yo te cuido. Soy Alcide, el lobo de Giovanni.

—Lorenzo, ¡llevame al Villar debó (hospital psiquiátrico) ya! Estoy loca del shock, estoy viendo cosas.

—Pau, no estás loca. Es el lobo Alfa, sos su Mate, su pareja destinada.

—No, no, no, nada de pareja. Lorenzo, por favor, lo sabés... No sé, ¡matame! Mejor me mudo, sí, me voy a otro país.

—Alfa, es humana. Tiene que tener paciencia —le dijo Lorenzo a Giovanni.

—No, ella me necesita, la tengo que cuidar —dijo Alcide—. Ya lo hablamos con Giovanni, se viene con nosotros, la vamos a cuidar.

—No, ¡ta ya! Lobo o no, me importa un carajo, yo me voy a mi casa a descansar.

—Mi hermosa Luna, ¿quedate conmigo, sí? ¿Qué te gusta? —preguntó Alcide.

—Mi casa y estar sola.

Me estaba por levantar cuando la puerta se abrió de golpe. —¡Llegamos! Te llevamos —dijo Valeria entrando con Camila.

—No, voy con Mati y Caro.

—Te llevamos a tu casa —insistió Camila.

—¡Genial!

—No, venís con nosotros —ordenó Giovanni.

—Ya dije que no. Yo me mando sola, vos bajá un cambio, calmarte, no sé. Manéjense.

—Giovanni, dejala —intervino Lorenzo—. Estará bien, ellas la cuidarán por ti. Lo prometo.

—Bien, por ahora.

Yo salí con las chicas, fui a mi oficina, recogí todo y nos fuimos de la empresa.

—¿Qué fue todo eso? —preguntó Valeria en el ascensor.

—Larga historia.

—En el auto me contás.

—¿Y yo? —preguntó Camila.

—La llamás y nos cuenta a las dos.

Bajamos, fuimos a los autos y les conté todo por el manos libres. —Eso es una locura —dijo Valeria.

—Lo sé, pero lo vi, y te juro que es real.

—Amiga, se acabó tu soltería y vos que la celebrabas —dijo Camila de manera sarcástica—. Te acaba de reclamar un macho Alfa. ¡Jajajajaja!

M****a, esta boluda es la de las novelas de hombre lobo. —Seguiré soltera, no me importa. Gurisas, yo todavía estoy hasta las pelotas por Rodrigo, no puedo.

—Pero no me niegues que el lobito está bueno —dijo Valeria.

—Eso no se pregunta.

—¡Ja, ja, ja! Confirmado: le encantó que el lobito tenga abdominales. ¡Ya caíste! —se burló Camila.

—Está re bueno, pero yo no puedo. No es justo para él, ni para mí.

Las dos no dijeron nada más. Llegamos a mi casa, guardaron los autos y entramos. —Chicas gracias, estoy bien, se pueden ir, me voy a dormir un rato que tengo sueño.

—Nos quedamos —dijo Valeria—. Andá tranqui, descansá.

—Gracias.

Me fui a mi cuarto y me acosté. 

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP