El olor nauseabundo de las cárceles subterráneas invadían sus fosas nasales, orín y excremento humano invadía cada celda atestada de gente ya deformadas debido a las condiciones en las que se encontraban. Los lamentos y las maldiciones era lo único que se oía, aparte de los latigazos que les daban a todos los prisioneros que denominaban suki «perras»
—¿Donde está? —preguntó imponiendo respeto con su llegada.
Dmitry Ivankov, un criminal hecho en las calles, un bastardo el cual fue adoptado por