Veinticuatro horas es tiempo suficiente para que un hombre se destruya a sí mismo con especulación.
Samir había pasado ese tiempo en un estado que oscilaba entre la negación furiosa y la aceptación aterradora. No comió. Apenas durmió. Canceló tres reuniones importantes y una conferencia con inversionistas de Shanghai que había tardado meses en coordinar. Lorenzo manejó las excusas con la eficiencia de alguien acostumbrado a cubrir los colapsos privados de su jefe.
Ahora, sentado en su coche en