OIV de HISE
Caminé tres pasos detrás de Nina cuando cruzó las puertas dobles de madera noble. Mi mano derecha sana descansaba en el botón central de mi americana gris marengo, manteniendo el brazo izquierdo rígido contra el costado. Cada zancada enviaba un pinchazo de fuego directamente a la sutura intercostal que Nina había cerrado en París; la fiebre seguía latiendo en la base de mi nuca, pero mi rostro permanecía tallado en la misma piedra fría que la Moraleja exigía.
No me senté en la mesa