POV de JOSE
Mi esposa los había decapitado con la seda de su intelecto. Ahora me tocaba a mí, el lobo que ella mantenía en la penumbra, enterrar los restos para que nadie en Madrid volviera a tener la audacia de mirarla de reojo.
A unos veinte metros, junto a un Mercedes gris de gran cilindrada, el tío Mauricio intentaba meter la llave en la cerradura con unos dedos tan sudados y temblorosos que el metal chocaba contra la chapa con un tintineo patético. A su lado, Anselmo guardaba los informes