Cuando dije aquellas palabras, Ana me vio como si hubiera visto un fantasma.
—No juegues conmigo de esa manera, Diego —resolló, nerviosa, y desvió la vista hacia el mar.
—No lo hago en ningún sentido —repliqué con paciencia al dejarme caer en la arena a su lado. Quedarme de cuclillas frente a ella, la perturbaba. Lo sentía y me dolía—. ¿Cuándo he bromeado con cosas así?
Soltó un largo suspiro.
—Quizá has cambiado. Quién sabe —contestó como si estuviera lejos y removiera algunos recuerdos de cua