Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Valeria:
¿Había oído bien? ¿Lucía nunca quiso a Camila?
—Me estás tomando el pelo, ¿verdad? —lo miré con desconfianza.
—No te mentiría. Camila también es mi hija, ¿no? —me atrajo hacia él.
—Los dos no pueden estar jugando con los sentimientos de Camila —porque era lo único que tenía sentido para mí.
¿Qué madre no quiere a su hija? Mateo me estaba ocultando algo.
—Escúchame, eres la única para mí ahora —me atrajo hacia él y me besó.
Lo vas a lamentar, me dije. Yo también lo lamentaría. Sabía que no teníamos futuro, pero mi corazón quería aferrarse a este momento presente con él.
Me levantó y me sentó en el borde del lavabo.
—No, Mateo —me preocupaba que alguien pudiera escucharnos o entrar. Al fin y al cabo era un baño público para los invitados.
—Confía en mí —su voz era ronca. Ya estaba encendido y sabía que no iba a poder contenerse.
Lo miré a los ojos y asentí. Yo también lo quería. Iba a dejar que tomara el control de mi cuerpo y lo disfrutara como quisiera.
Cerré los ojos para sentir el placer. Me besó el cuello. Sus manos empezaron a recorrerme el cuerpo con una calma desesperante, encendiéndome con cada caricia.
—Así, pequeña —gruñó.
Sus labios me recorrieron el cuello hasta el hombro mientras sus manos hacían cosas que me quitaban el juicio. No podía controlar los gemidos.
—Ahora voy a saborearte —su voz grave me nubló la mente.
Cerré los ojos esperando el siguiente golpe de placer. Nunca antes me había hecho algo así. La sensación era indescriptible, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese baño, a él, a mí.
Intenté controlar los gemidos pero era imposible.
Se detuvo y me miró.
—¿Por qué paraste? —abrí los ojos.
La sonrisa peligrosa descansaba en su cara.
—Ahora te llevo al cielo de verdad —gruñó y me levantó.
—¿A dónde? —arqueé una ceja.
—Algo nuevo —me susurró al oído. Me mordí el labio.
—Date la vuelta —ordenó. Me di la vuelta sujetándome del lavabo.
—Eres preciosa —murmuró Mateo. Sonreí.
Se introdujo en mí despacio.
—Hmmm —gemí. Cerré los ojos mientras se movía.
—¿Lo quieres despacio o rápido? —preguntó jadeando.
—Solo no pares —gemí. Mi cuerpo temblaba, estaba en las nubes.
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Punto de vista de Lucía:
Miraba la puerta del baño esperando que Valeria saliera antes de cortar la tarta.
—¿Por qué tarda tanto tu amiga? —le pregunté a Camila.
—Igual está hablando con su mamá, no sé —respondió Camila sin darle importancia.
Yo sabía perfectamente lo que estaba pasando ahí dentro. Mateo y esa chica estaban juntos en ese baño.
Apreté el puño solo de pensarlo.
—¿Por qué no vas a ver cómo está? —sorbí mi zumo. Lo aparté con un gesto, demasiado dulce para mi gusto. Solo el alcohol que escuece al bajar.
—Estará bien, solo necesita su espacio —respondió Camila.
Di un golpe en la mesa que la sobresaltó.
—¡Mamá! —gritó.
—Ve a ver a tu amiga, quiero cortar mi tarta —dije alzando la voz.
Los ojos de Camila se llenaron de lágrimas. Suspiré despacio.
—Cariño, es que estoy preocupada. Quiero cortar la tarta antes de volver a los Estados Unidos —dije con calma.
—Puedes quedarte aquí mamá, en el cuarto de invitados —suplicó Camila.
—Tu padre no lo permitirá —respondí suavemente, aunque por dentro sentía un cosquilleo en el estómago.
—Yo hablo con papá —prometió. Sonreí. Al menos así tendría tiempo a solas con Mateo, aunque todavía tenía que ocuparme de esa chica.
—Bien, ve a ver a tu amiga, cariño —la animé. Se levantó contenta y caminó hacia el baño.
—Mateo, siempre serás mío —sonreí.
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Punto de vista de Valeria:
—Más fuerte —gemí. Me agarró fuerte moviéndose con más intensidad.
Los ojos se me pusieron en blanco. Una ola de liberación me recorrió entera.
—Ya voy, pequeña —gruñó.
Llegamos juntos. Abrí los ojos jadeando.
—Ahora que te he hecho llegar al cielo, quiero que sepas que eres la única —murmuró Mateo sin aliento.
Lo abracé, apoyando la cabeza en su pecho.
—Mamacita, ¿quieres repetir? —me miró a los ojos. El corazón me latió desbocado. Sus ojos eran hipnóticos, quería perderme en ellos. Los cerró con una sonrisa en los labios.
Lo observé. Abrió la boca mordiéndose el labio suavemente.
Le besé los labios. Los abrió de golpe.
—Repite eso, mamacita —ordenó. Me apoyé en su pecho riéndome feliz.
Me atrajo hacia él y saboreó mis labios. Abrí los míos dándole paso.
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Punto de vista de Camila:
Llegué al baño pero me detuve.
—Mamacita, así —escuché.
¿No es esa la voz de papá? Él nunca usaría el baño de los invitados por ningún motivo, pensé.
Pero Valeria había entrado a ese baño y acababa de escuchar la voz de papá.
No, estaba alucinando. Me estaba inventando cosas. ¿O no?
Sujeté el pomo con el corazón disparado.
Me sentía mal. La cabeza me daba vueltas intentando procesar demasiadas cosas a la vez.
Giré el pomo y entré.
Se me cayó el teléfono de las manos.
Valeria estaba tocando a mi padre.
Mi padre y mi mejor amiga se estaban besando y abrazando en el baño.
Estaban en su mundo y ni siquiera notaron que había entrado. Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Papá… Valeria —grité.







