Cuando la jornada terminó, tomó su bolsa y salió con prontitud. Tan pronto el viento frío de la noche golpeó su rostro, su teléfono sonó.
Abigail había citado a Aria en un lugar sofisticado. El lugar era tan refinado, tanto como la madre de Maxwell, quién la esperaba, su postura erguida y su mirada penetrante delataban lo estricta que era, más allá de su amabilidad.
—Aria, estás aquí, agradezco que hayas venido —comenzó Abigail, dándole un beso en la mejilla —. Hay algo importante que necesit