—Buenas tardes, señor Loren —saludó ella.
La voz del hombre llegó cálida, animada, con ese toque de entusiasmo que ella siempre encontraba genuino.
—¡Eelys!, justo esperaba poder comunicarme contigo. ¿Tienes un momento?
—Por supuesto. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Quería preguntarte si podrías venir a la